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José Antonio Gómez Municio
Si la iglesia es por definición
el lugar de lo sagrado, el espacio que cobija
el misterio, el atrio es por el contrario
el símbolo de lo humano, el lugar
donde se arraciman los hombres antes o después
de rendir sus cultos a las potencias inmutables
que manejan el mundo. Lugar de encuentro,
de cobijo para la lluvia y el frío
tan típicos en las tierras castellanas,
lugar donde se mezclan los alientos de los
hombres, donde nacen los grupos y la comunidad,
y los compañeros de morada alcanzan
su estatus de vecinos en toda la extensión
de la palabra, el atrio ha sido resucitado
por la Asociación de Vecinos de San
Lorenzo como un espacio para la cultura,
para la convivencia. Y lo ha hecho de la
mano de la música, lenguaje universal,
idioma de la libertad y la tolerancia.
Y todo ese espíritu positivo lo
notan los artistas que han pasado por ese
espacio también mágico que
es la plaza de San Lorenzo, un auténtico
teatro fruto de la hermosa ( y alejada de
cualquier tipo de tecnicismos con los que
ahora nos abruman los especialistas) concepción
del urbanismo que tenían nuestros
antepasados; espacio que parece construido
especialmente para albergar actuaciones
comunales, para llamar a la unión
vecinal, al cobijo, para sacar la silla
de enea al patio con los primeros calores
y mirar el espectáculo del mundo
pasar a la puerta de casa, desde África
hasta América pasando por Andalucía.
No en vano, lo particular de los conciertos
de este ciclo es que en ellos se crea un
ambiente especial, que hace que los músicos
se sientan como en casa, y saque lo mejor
de ellos mismos, esa parte íntima
que sólo nace calor de un fuego especial
( aunque a veces haga un frío que
pela) que es el que nace de la gente en
su lugar natural.
Desde hace muchos años el ciclo
de Noches de Música en el Atrio es
un ejemplo que ha marcado estilo en el mundo
cultural segoviano, en el que se habla y
se habla mucho más de lo que se hace.
Los vecinos de San Lorenzo prefieren hacer
a decir, y así han demostrado que
para sacar a delante una actividad cultural
con calidad, dignidad y criterio no hace
falta mucho dinero sino, sobre todo, voluntad,
ganas y capacidad de trabajo. Así
lo demuestra el programa de este año,
que viene en el frontispicio marcado por
la gran figura de Ismael, uno de los grandes
nombres de la música tradicional
en Europa. Nunca los profetas fueron muy
reconocidos en su tierra, y con Ismael no
iba a suceder una excepción. Todos
somos muy conscientes de la relevancia de
su trayectoria, de la importancia de sus
colecciones de arte popular, las más
amplias del país, y sin embargo,
su Segovia natal, esa en la que se habla
tanto, como decíamos, de cultura,
le sigue ninguneando ese espacio que tanto
merece, y que los propios vecinos de San
Lorenzo le darían si pudieran.
Además del homenaje debido a un
hombre de la tierra, el ciclo vuelve a apostar
por la variedad, para que todos los paladares
queden contentos, como sucede en los guisos
complicados hechos de muchos ingredientes
y sabor : música raíz folclórica,
jazz para que el aire del tiempo se enfrente
a la sobriedad de los siglos detenida en
el arte de la iglesia; flamenco para calentar
con faralaes el lado más poético
de los corazones de la meseta; coros de
pop, soul y godspell para recordar a la
comunidad que nace del interior del atrio
... Y por supuesto, cantautores con el verso
presto y la sensibilidad pegada a la piel
como el tatuaje : del gran Jorge Drexler
al no menos grande Ismael Serrano, probablemente
los dos mejores intérpretes de canciones
propias que pueden verse en este momento
por la piel de toro. Lo que no puedo explicarme,
después de ver continuamente a gestores
que se quejan de que no tienen suficiente
dinero para hacer actividades, es cómo
consiguen los vecinos de San Lorenzo traerse
a lo mejor de cada casa sin darse además
ninguna importancia.
Háganme caso y ráptenle unas
horas al tiempo para darse un paseo por
este salón hecho de historia donde,
amén de poder tomarse un vino con
unas tapillas, viajarán por el mundo
sin moverse de su propia ciudad, y conocerán
a sus vecinos, y se sentirán más
cerca de ellos y de todos los hombres que
en el mundo han sido. Pues ésos y
no otros son los objetivos de todas las
actividades que damos en llamar culturales.
Recuperemos en estos tiempos turbios el
atrio y la música como dos símbolos
de lo mejor que tiene el ser humano.
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